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Reclaman justicia en Tlacotalpan por muerte de joven

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“No tengo quejas de él, era buen padre y mejor esposo", aseguró la viuda Guadalupe Fuentes.

Veracruz, Ver.- La tarde del domingo, los pobladores de Tlacotalpan olvidaron la música y la tomadera para emprenderla contra tres oficiales de la municipal que presuntamente dieron muerte a Alexander Santos Vergara.

“Cuando llegué al hospital, ya la gente estaba allí golpeando la patrulla. Querían sacar a los policías y lincharlos por haberle dado tantos golpes a mi hijo”, cuenta Guadalupe Vergara Lauriani, madre del finado.

Desde una casa humilde en la colonia 5 de Mayo, en Tlaco, la familia, y un montón de conocidos, velan los restos del joven albañil, quien deja una esposa  un huérfano de meses de nacido.

“No tengo quejas de él, era buen padre y mejor esposo. Siempre estaba pendiente de lo que le hiciera falta al nene y se sacrificaba”, dice la viuda Guadalupe Fuentes.

Guadalupe Carga a su pequeño que juega con los hilitos que penden del ataúd con el cadáver de su padre dentro. Alrededor, los rostros del pueblos desencajados y furiosos.

“Ya están hasta la madre de esa gente en el palacio verde ese que tienen, solo piensan en el dinero y sus intereses… son insensibles”, grita uno de los deudos.

Tuvieron que pedir prestado aquí y allá para el sepelio del joven. No había recursos. Es velado en la casa de su madre, una pequeña tienda de abarrotes con carencias evidentes.

“No ha venido ni el alcalde ni el comandante. No tienen nada de sentimientos, hubieran venido a ver tan si quiera qué es lo que les hace falta, a escuchar, pero, no les vale”, repite el mismo deudo.

La familia enarbola el reclamo: “pedimos justicia. Es lo que queremos porque esto no tiene que quedarse en la impunidad, como muchos otros casos en donde a las autoridades no les importa, en verdad queremos ser escuchados”.

El conflicto que llevó a la muerte del joven, recuerda, inició cuando tras la “Tlacotalpeñada” se generó un pleito en la plaza central. Llamaron a la policía, pero los rijosos se pelearon y se tundieron hasta cansarse. Después se marcharon sin que las autoridades arribaran.

“Me dicen que mi hijo iba a recoger un zapato que dejaron los del pleito, cuando se presentaron los oficiales, que al parecer venían borrachos y detuvieron a mi hijo”, dice la madre.

De allí, hasta la Comandancia, indica, la gente perdió la cuenta de todos los golpes que le propinaron. En la comandancia, cuentan, los policías se llevaron la mala noticia de que el doctor les dijo “lo tienen que llevar al hospital. Está muy delicado. Se les pasó la mano”.

Y en lugar de llamar una ambulancia, en vilo, como un fardo, le arrojaron sobre la batea de la patrulla que hora después sería incendiada por el pueblo.

“En el hospital dicen que salió un médico, pues al parecer no había servicio por ser domingo y puente. Les dijo que ya no tenía remedio. Pero para esto la gente ya estaba allí y se dieron cuenta. Se enojaron mucho y rompieron los cristales del hospital. No entendían de razones. Querían meterlo para que lo curaran aunque ya estaba muerto”, cuenta la madre.

A los policías no les quedó de otra más que emprender la huida en una nube de gases lacrimógenos.

Guadalupe, la viuda, se queda con el último recuerdo: “él tenía muchas ganas de trabajar, duro para darle a nuestro hijo lo que él no podía. No fue a la escuela porque no tuvieron recursos, él si quería que nuestro hijo llegara”.

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