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Persecución y represión, lo que vino tras la noche de Iguala

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A cuatro años de la desaparición de sus compañeros, estudiantes normalistas relatan la persecución de la que son objeto

Sharenni Guzmán | La Silla Rota

Para Marín ser estudiante de la normal rural Raúl Isidro Burgos, de Ayotzinapa, es un acto de resistencia. Porta la playera con orgullo, aunque también carga el estigma de estar en una escuela donde 43 jóvenes fueron desaparecidos.

Marín cursa el cuarto año. Entró en 2012 y luego de unos meses dejó la normal para buscar estudiar medicina, sin embargo por cuestiones económicas no pudo continuar y regresó a Ayotzinapa. Se volvió a matricular en 2015, 12 meses después de la desaparición de los normalistas en Iguala, Guerrero.

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Comenta que a algunos de los 43 estudiantes los conoció porque también vive en Tixtla de donde es la normal Raúl Isidro Burgos. "Antes del 26 de septiembre de 2014, iba con ellos a las marchas".

Narra que después de la desaparición de los 43 jóvenes, los alumnos de la Normal de Ayotzinapa no se dejaron intimidar y no detuvieron su lucha, al contrario, ésta se fortaleció y ahora tienen más demandas, a pesar que en estos cuatro años incrementó el hostigamiento por parte de policías.

"Hemos vivido un gran hostigamiento por parte de la fuerza policiaca. No podemos hacer actividades porque patrullas ya nos están esperando en Chilpalcingo . Saben de todo el movimiento que estamos haciendo. Incluso hasta nos da miedo de salir".

Marín relata que a la salida de Tixtla hay un módulo de policía y cuando los estudiantes salen en camionetas para ir alguna protesta, policías ya los esperan e impiden su paso. "También luego cuando nos ven policías, ya sea municipales, estatales o hasta federales nos quieren intimidar".

Los estudiantes saben que los policías buscan intimidarlos, a pesar de ello, en ocasiones sí les infunden temor, sobre todo, porque están conscientes que son vulnerables y se puede volver a repetir la desaparición.

"Luego que hemos estado en alguna represión o enfrentamiento, sí me ha dado miedo y hasta he llorado por el coraje o nervios. Entre nosotros nos damos fuerzas, a veces la familia influye mucho también porque nos cuestionan de qué hacemos en la normal".

Comenta que estudia en la normal por necesidad y convicción, ya que quiere superarse y mejorar su calidad de vida. Al principio su madre le pedía que no se inscribiera, ahora ella lo apoya.

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En estos cuatro años, al igual que los padres de los 43 desaparecidos, los normalistas continúan en la lucha, tanto por obtener justicia y la verdad del caso, como por la defensa de la educación gratuita.

"A estas alturas tenemos ya un gran desgaste físico, emocional y económico por parte de todos los involucrados: los familiares, abogados y nosotros los normalistas. Ha sido muy desgastante esta lucha. Confiamos de que ahora con la creación de la Comisión de la Verdad se obtenga la justicia que hemos buscado estos cuatro años", continúa Marín.

"MIS PAPÁS NO QUERÍAN QUE ESTUDIARA EN LA NORMAL"

Por seguridad, los estudiantes de la normal rural en Ayotzinapa no dicen su nombre completo, sino que se conocen por apodos.

Calamardo, un joven de tercer grado y que escogió ese sobrenombre inspirado en un personaje de una caricatura, también apoya la lucha por la presentación con vida de los 43 normalistas.

Señala que cuando entró a la escuela ya había pasado la desaparición de sus compañeros. Al principio no sabía qué había ocurrido, solo había escuchado la noticia Luego de su ingreso, sus maestros le informaron, pasaron documentales y hasta ese momento supo bien qué pasó y la visión que tenía sobre el caso cambió.

"Yo no los conocí, pero si fue una noticia para la sociedad que impactó. Al principio de que entré, mis papás no me querían dejar que estudiara en la normal. Ellos me decían que ahí me podían desaparecer como a los 43 o me decían que esa escuela era muy problemática. Antes de entrar creía lo que decía el gobierno, pero después me di cuenta que no son delincuentes y supe la razón del porque se manifestaban".

Calamardo también es músico, toca la trompeta y antes de entrar a la normal intentó suerte en este ámbito. Pasaron los años y cuando decidió estudiar una carrera, ya se le había pasado el tiempo. En Ayotzinapa es la única escuela que acepta a alumnos sin importar la edad.

"Cuando entré me enteré de todo, de como había sido, de sus nombres, quienes son sus familias. Me pegó mucho. Por eso ahora apoyo a los padres en su lucha".

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