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González Iñárritu, cuando el Arte no deja de “helarte”

Helados nos quedamos muchos cuando nos enteramos que “el cineasta mexicano Alejandro González Iñárritu, director del Birdman premiado con el Oscar a la mejor película, es aficionado a los toros”.

González Iñárritu se suma a otros artistas talentosos como Mario Vargas Llosa, Joaquín Sabina, Alejandro Sanz, Joan Manuel Serrat, Miguel Bosé, Andrés Calamaro, que disfrutan la tortura y finalmente luchan sólo contra algunos tipos de violencia y defienden “irracionalmente” otros.

Nos quedamos tan helados, e indignados por supuesto, como cuando el artista costarricense Guillermo Vargas, conocido como Habacuc, montó una instalación en una exposición de arte en Nicaragua donde utilizó un perro callejero (capturado por unos niños a los que les pagó), que murió de hambre.

Helados también nos quedamos cuando tras el pronunciamiento de la Organización de Naciones Unidas ONU, por medio de su máximo órgano de protección de Derechos de la Infancia, acerca de la necesidad de apartar a los niños, niñas y adolescente de la tauromaquia, el acérrimo taurino y premio Nobel de literatura Mario Vargas Llosa, expresó:

"Mis hijos van a las corridas en Acho y otras plazas desde pequeños, los eduqué en el amor al toro, a nuestras tradiciones en un país con más de 600 festejos taurinos al año por toda la República y sus vidas se desenvuelven con total normalidad; y está mal que como padre los avale pero son personas de bien, con aceptación social, académica y profesional y jamás he tenido conocimiento de un problema asociado a la violencia como pretenden los animalistas que les creamos, por su amor a la fiesta taurina."

“Es curioso que el escritor peruano contradiga al Comité de los Derechos del Niño y la Convención de 1989 que éste protege, amparándose en el pobre argumento de que él no es un hombre violento siendo aficionado taurino”, dijo Leonardo Anselmi, activista artífice de la abolición de la tauromaquia en Cataluña, recordando el golpe que Vargas Llosa le propició en la cara a Gabriel García Márquez, para vengar el engaño de su mujer con dicho colega colombiano.

Mientras tanto, “en la otra esquina”, el astrofísico británico, Stephen Hawking, afirmaba durante una visita al Museo de Ciencias de Londres, que la agresión es el peor error de nuestra especie y amenaza con destruirnos a todos. “A lo mejor, en la época de las cavernas la agresividad era una ventaja para la supervivencia. Permitía obtener más comida, territorio o una pareja para reproducirse, pero hoy en día amenaza con destruirnos a todos.”

Después añadió que la cualidad humana que más le gustaría que creciera, es la empatía: “Es una cualidad que une a la personas en un estado de amor pacífico.”

Volviendo al cineasta, no dejamos de aplaudir su discurso final, estatuilla en mano: "Quiero tomar un segundo y dedicar este premio a mis queridos mexicanos, los que viven en México. Ruego porque podamos encontrar y construir el gobierno que merecemos. Y para los que viven en este país, que son parte de la generación más reciente de inmigrantes, ruego para que sean tratados con la misma dignidad y respeto de los que llegaron aquí primero y construyeron este increíble país de inmigrantes".

Tampoco dejamos de aplaudir y disfrutar su talento… No dejamos de reconocer virtudes, logros y luchas ganadas.

Pero es casi obligatorio reconocer la contradicción o incongruencia “ética y moral” de su base filosófica, en tanto puede ser un arma de doble filo, si los que buscan desesperadamente argumentos para defender la tauromaquia y otras prácticas violentas como vaquilladas, encierros o “pamplonadas”, se percatan.

Discriminar es un acto de bajeza espiritual, ni más ni menos.

El inmigrante es discriminado explícitamente, abiertamente, inmoralmente por su misma especie, la humana, y no sólo en USA, sino también en México, aquí no más en la frontera veracruzana y en la vida cotidiana universal.

El inmigrante es discriminado por la misma especie que discrimina, explícitamente, abiertamente e inmoralmente a otras especies, en este caso a los toros. No hay ninguna diferencia. El tema es la discriminación en sí y no a quién, cuándo, dónde y cómo. O discriminamos o no discriminamos. O respetamos o no respetamos. Y desde ahí comenzamos y opinamos. Antes no.

El arte, no deja de “helarte”, cuando teniendo el maravilloso don de arrancarnos los más profundos sentimientos, sensaciones y sensibilidades, de repente nos “traiciona” con tan magnas contradicciones, o más bien, fallidas incongruencias, que empañan la esperanza abruptamente y pueden casi sin querer, hacernos caer en la mentira de creer que hay “ciertas violencias” que deben ser “permitidas” y hasta “disfrutadas”.

A veces pareciera que las violencias que los talentosos disfrutan, deberían ser aceptadas, o por lo menos ignoradas en el análisis de los discursos y de las morales individuales, como quien oculta la pederastia dentro de las instituciones religiosas.

Hasta parece que criticar este lado de un artista, es inconcebible porque “nadie es perfecto”. ¿O tal vez porque tenemos miedo de sentirnos aludidos en algún renglón?

Ética, respeto, libertad, no explotación, empatía, no opresión del más débil, no discriminación, son conceptos obligadamente aplicables a todos los seres vivos sintientes y por tanto con derechos implícitos. Y hablando de derechos, no tenemos derecho alguno a discriminar a quienes nos es “útil” o “placentero” discriminar. Puro individualismo egoísta.

Defender a los inmigrantes, pero disfrutar con la tortura, la muerte en agonía y la violencia sin empatizar con otras especies, definitivamente no es una virtud, sino más bien un gran defecto que antes que nada hay que reconocer. A modo de crítica constructiva y no a modo de agresión, el reconocimiento del camino equivocado, no hace más que dar oportunidad de encontrar el camino correcto.

Si se es formador de opinión, como en este caso lo es indudablemente el magnífico cineasta mexicano; cuando se carga con esa fama y admiración de millones que lo admiran y reconocen  e idolatran, ¿qué mejor que reconocer que el camino correcto no es el del disfrute “tauricida”, sino el del respeto por la paz? ¿Qué mejor que sembrar masivamente empatía por TODOS, y no sólo por un sector como el de inmigrantes? ¿Acercarnos a la congruencia en nuestra filosofía de vida (aunque la congruencia absoluta sea utopía), no es acaso el camino más corto hacia los objetivos?

Si la violencia continúa al paso que va en el mundo, aplastará incluso al propio talento de los artistas y al arte mismo en su escencia. Nos aplastará masivamente. Desapareceremos todos.

Aplausos para González Iñárritu, por supuesto, enhorabuena un gran director, pero ojalá se haga antitaurino, ojalá deje de promocionar con su ejemplo, este tipo de violencia.

Cuando el arte no deja de “helarte”, es cuando debes empezar a “preguntarte” y “cuestionarte”, sin “conformarte”…

“Toros sí, toreros no”