El deporte en el cine

  • Ricardo Benet

Con la inminencia de la Universiada que nuestra Universidad Veracruzana albergaría, me solicitaron la doble tarea de programar un ciclo de cine sobre deportes y un texto a propósito del mismo tema… Tomé el encargo con mesura ya que, por un lado me parecía una broma macabra poner a los chicos a ver más deportes mientras cenaban y, en lo otro, mi experiencia era solo teórica  Aunque alguna vez incursioné en el paracaidismo y la carrera de larga distancia… pero mi desempeño fue más bien discreto. Así que me deslindo de cualquier arrebato a favor o en contra.

 

Por extrañas asociaciones (cineasta que es uno) siempre que sale a cuento el deporte en el cine, me viene a la memoria una vieja película: “La nave de los locos” (Stanley Kramer, 1965) que a mi padre, por razones igualmente inexplicables, le gustaba desmedidamente.

Lo curioso es que la película no aborda deporte alguno, se trata de una serie de historias cruzadas de diversos personajes que viajan por placer en un trasatlántico que zarpa nada menos que de Veracruz a Alemania.

En una escena, tras días en altamar, un ex beisbolista ahora alcohólico solitario (Lee Marvin) le confiesa a su vecino en la barra del bar (un enano optimista) su profunda desgracia: la mala decisión de un ampáyer le quitó el triunfo en el partido crucial de su carrera y desde entonces echó su vida por la borda (para seguir en tono marino).

El pequeño interlocutor reflexiona y le rebate, narrándole todo lo que a él la vida -a ojos ajenos- le ha negado, pero lo feliz que ha sido y el premio que para él significa ese viaje…  No hay mayores referencias y no hago conclusiones, pero lo tangencial en el cine siempre me ha parecido más entrañable que los relatos demostrativos, convencionales y edificantes.

Parecería que cuando el cine se obliga a tareas de revisión específica de géneros,  el resultado es solemne y acartonado (igual pasa con personajes históricos intocables) o bien previsible y superficial, que es el caso de la mayoría de las aproximaciones del cine hacia el deporte.

Hollywood –no exclusiva pero sí principalmente- se ha impuesto la tarea de agotar el catálogo de actividades deportivas, desde un luchador de greco-romana que se esfuerza, sufre y desde luego triunfa (con romance incluído, of course) hasta un surfista, clavadista o bolichista que tras diversos e inauditos retos vence las olas, el vacío o los pinos…

La fórmula es simple (pero eficaz dirán algunos): el o la protagonista en cuestión se debate contra la adversidad (económica o física) o ante el rechazo familiar que le impide su decisión de llegar a “ser alguien” mediante una premisa curiosa: corriendo más rápido, saltando más alto o pegando más fuerte…

Entrena de madrugada, corre a la par del autobús (porque no tiene para el pasaje o para probar el triunfo del hombre sobre la máquina) y se somete a licuados vomitivos y dietas infames que lo llevarán a tocar la gloria porque –para algunos- solo se llega al cielo mediante el masoquismo.

Cortázar en “Rayuela” plantea una mejor obtención del paraíso: a partir de la otredad y del encuentro por azar.

Pero bueno, en las cintas convencionales el o la joven (a los viejos se les deja el papel de entrenador, ex deportista fracasado, siempre guía espiritual) descubre su potencial y esto se vuelve obsesión y meta. Tendrá luego que sortear los obstáculos que mientras más intrincados y sensibileros sean, manipularán mejor al espectador promedio.

Por suerte todo el calvario se define generalmente en los últimos segundos –alargados en pantalla hasta el infinito de la cámara lenta- cuando, tras un salto descomunal con pirueta en el aire, el jugador de futbol americano atrapa con dos dedos el ovoide en la zona de anotación; o bien cuando el balón lanzado por el jugador más débil, desde muy lejos y con la muñeca desgarrada, entra a la cesta en el último segundo, tras circundar dramáticamente el aro, claro.

Pero nos falta un elemento importantísimo: el antagonista. Usualmente desagradable, hosco y feo o bien -si fuese guapo- soberbio e infumable. Casi siempre extranjero (en el sentido más amplio de “el otro que no es nosotros”). Proverbial resulta desde luego la saga “Rocky”, donde el enemigo es el ruso comunista o el negro infame…  

Ya los expertos en psicología y socio-política habrán abundado sobre tanta obviedad. Y aunque el boxeo ha dado muchos ejemplos en pantalla, desde la lacrimógena “El campeón” (Franco Zeffirelli, 1979) hasta las recomendables “Campeón sin corona” (Alejandro Galindo, 1945) y “Toro salvaje” (Martin Scorsese, 1980), esta disciplina tiene su asterisco: por un lado nos da la noción de deporte durante el olimpismo y luego pareciera que deja de serlo al entrar en el canibalismo profesional.

Pero me sirve de buen ejemplo para apoyar mi punto: cuando una película quiere ser edificante se vuelve insoportable.

Inclusive el patriotismo y hermandad idílica de razas y religiones de los chicos de blanco corriendo por las playas inglesas en “Carros de fuego” (Hugh Hudson, 1981)  que bastó para conseguirle inexplicablemente el Óscar a mejor película en 1982, no evita que a la distancia nos parezca discursiva y prescindible, aunque la buena banda sonora de Vangelis la salva del olvido. 

Pero claro, el asunto sigue siendo provocar en el espectador la identificación a partir de el ser común que trasciende. Porque poco interesante nos resultaría ver a un Roger Federer creciendo entre relojes cucús sin otra disyuntiva que escoger entre su raqueta número 100 o adoptar un Alpe…

Pero aparte de esa identificación, el problema de la intrascendencia estriba, me parece, en dejarle todo el peso a la anécdota en lugar de que ésta sea el telón de fondo o metáfora para convocar a las verdades profundas y a los sentimientos complejos.

Hay que ser justos, existen también miradas críticas en el entorno deportivo a lo “Jerry Maguire” (Cameron Crowe, 1996) o “La chica del millón de dólares” (Clint Eastwood, 2004) y quizá las aproximaciones documentales ya lo ha hecho.

Ahora esta reunión de deportistas universitarios me hace pensar que a la ficción le quedan pendientes asuntos como la fragilidad del post-adolescente, extirpado de su entorno y familia para confinarlo a largas concentraciones en un mundo de adultos; o los años de vacío del viejo que ya no entendió la vida tras aquel período de esplendor deportivo, demasiado lejano y muy breve en algunas disciplinas.

No intentaré aquí un listado de películas sobre deportes, cada quien tendrá su catálogo en la memoria o es fácil ingresar a él vía internet. Solo exploro, atrapo y comparto con ustedes algunas imágenes de héroes y vencedores, en cámara lenta, mientras reflexiono que más han hecho por mi abdomen el vino y la cerveza que la pista de tartán.

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Ricardo Benet

Estudió Arquitectura  (U.N.A.M.), posgrado en Historia del Arte (Florencia) y la carrera de Cinematografía  (CCC / Mèxico)

Ha dirigido 5 cortos de ficción, 2 documentales y 2 largometrajes: “Noticias Lejanas”, seleccionada en más de 60 festivales con 17 premios y “Nómadas” (protagonizada por Lucy Liu) estrenada en 2013

Como cine-fotógrafo ha realizado más de 20 cortometrajes y 4 largometrajes

Ponente en Portland University, Universidad de Buenos Aires y en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona. Ha sido jurado en los festivales de Puerto Vallarta, Montreal, Puebla, La Habana, Biarritz, Gibara Cuba, Barcelona y Mar del Plata.

Ha obtenido los premios “Ariel” de la Academia Mexicana de Artes Cinematográficas, el “Astor de oro a Mejor Película” en el Festival de Mar del Plata 2006, y “Mejor Director” en los festivales de Guadalajara y Vancouver, así como Mejor Director Iberoamericano en Málaga, España.

Está al frente del Departamento de Cinematografía de la UV y desde el 2007 coordina también los Talleres Audiovisuales del Centro de Artes Indígenas en Parque Tajín. Actualmente prepara su tercer largometraje.