La seducción y el cine…

  • Ricardo Benet

“Aquél que ha contemplado la belleza está condenado a seducirla o morir"

El diccionario asentará que “seducción es toda persuasión para inducir a alguien hacia cierto fin o comportamiento…”  Pero esa amplitud de onda es demasiado incluyente, y entonces desde el comprador compulsivo hasta las mieles del poder, pasando por la gula, el odio y mil cosas más serán objetos de estudio de la seducción. Sin embrago yo –básico y terrenal- prefiero divagar sobre la seducción en la obviedad del primer impulso: lo carnal, lo sensual y sexual que a mí (y sospecho que a cientos de millones más) nos mueve. Me sirvo del cine para abordar el asunto.

Asumamos que  muchas de las imágenes sobre tal seducción se nos han impregnado, vía la pantalla (grande o chica). Repaso aquí algunas entrañables películas como referencia para asentar mi punto: lo importante no es el seductor sino el seducido. 

En el “Ángel azul” (Josef von Sternberg, 1930) el cincuentón profesor Rath se ve atrapado en un bar de mala muerte por los encantos de la cabaretera Lola-lola, una Marlene Dietrich que fija aquí su mito y arquetipo. El pobre profesor no tendrá más que aceptar su destino y la inminente caída libre a la degradación y la humillación. No hay más salida.

En “Viridiana” (Luis Buñuel, 1961) el tío viudo observa fascinado a su veinteañera sobrina, recién rescatada del convento, cambiándose una media. Ese simple acercamiento de la cámara a la pantorrilla de Silvia Pinal quedará como uno de los momentos más sensuales y seductores en la historia del cine. Ya en la trama se reforzará la obsesión del tío –necrófilo además de viudo- por reinventarse el placer recreando en su joven sobrina a la esposa muerta. La culpa, la religión y su doble moral burguesa lo llevarán al suicidio.

En “Muerte en Venecia” (Luchino Visconti, 1971) el músico Gustav Aschenbach (obvia alusión para muchos a Gustav Mahler) visita la Venecia de principios del S. XX para reflexionar sobre el arte, la perfección y la belleza. La casual presencia de Tadzio, adolescente polaco de belleza andrógina que vacaciona con su familia, provocará en el músico una atracción súbita, incontrolable y devastadora. Pareciera que todas sus búsquedas intangibles de pronto se materializaran en el chico.  Deambulará por Venecia espiando y persiguiendo a distancia a su objeto del deseo, quien en algún momento se da cuenta y acepta el juego platónico. La llegada del cólera a la ciudad dará el pretexto al hombre maduro de quedarse atrapado (por decisión propia) a perseguir su ideal. En un esfuerzo por confundir al tiempo, descubre un nuevo elixir de la juventud: el tinte para el cabello. Gustav muere sentado en la playa extasiado ante la bella silueta de Tadzio sin siquiera haber cruzado palabra alguna. Un par de hilos del tinte, derretido por el calor, se deslizarán por su sien… 

Se dirá que en los tres casos los personajes, maduros y desprevenidos, son víctimas de su fragilidad ante la juventud y belleza. Los entendidos dictaminarán falla trágica y posterior anagnórisis.

Me parece que es más intrincado. La belleza por sí sola no es seductora: todos caeríamos abatidos ante un canon universal de belleza o un catálogo estándar y establecido de personajes perfectos. Porque lo que seduce al tío de Viridiana es la transgresión religiosa y moral, al profesor de “El ángel azul” el rompimiento de un pasado rígido y rutinario; y  en “Muerte en Venecia” es la búsqueda de la totalidad (de la inmortalidad) mediante la conexión del arte con lo terrenal.

La seducción tiene que ver más con los deseos y carencias del seducido… El seductor hace realmente muy poco… Nos seduce a pesar de él. Le toca simplemente ser o estar: los seducidos ponemos el resto. No hay códigos. Nos puede atrapar por igual lo perfecto o lo imperfecto, lo sofisticado o lo ordinario, lo completo o lo mutilado, lo magro y lo voluptuoso… Todo es llenar un pasado de insatisfacciones mediante una percepción actual. Además, el logro del objetivo no garantiza la desaparición de la seducción: para algunos la materialización quizá desanimará la seducción, en otros persiste como un ente aparte. Porque ante el deseo, la expectativa y el logro son al final dos cosas diferentes.  

Ya en la antigua Roma las mujeres utilizaban gotas de belladona para dilatar la pupila y lograr un efecto lánguido y seductor… Pero nada, ni todos los afeites y estrategias, ni todos los manuales y ardides, garantizan el éxito del seductor. Se requiere de un candidato proclive.

El profesor de “Lolita” (recomiendo la versión de Kubrick, 1962) es proclive. Cierto que la inquietante coquetería adolescente de Lolita (Sue Lyon) ni su forzada inocencia chupando una  lolly-pop harían olvidarse del cliché a cualquier desprevenido maestro, pero quien sabe si sería suficiente para la sobrevivencia de esa seducción. En su versión Kubrick propone una mirada mesurada ante la mojigatería de la época que hace más atractivo e inquietante el juego que en la posterior versión, vistosa pero más convencional en el fondo (Adrian Lyne, 1997).

En “El graduado” (Mike Nichols, 1967) el joven Benjamin (Dustin Hoffman) recién egresado de la universidad, es seducido en su regreso a casa por una amiga de la familia, la experimentada Mrs Robinson (Anne Bancroft) mientras él se va enamorando de la hija de ésta (Katherine Ross) de edad y atributos más convencionales… Y nos queda el sabor de que un placer no invalida al otro, que son posibles la seducción prohibida y luego la decisión consciente. Dicha noción sobrevive por suerte al velado puritanismo del filme.

Hay un ejemplo de seducción no intencional (esos seductores natos) en “Obsesión” (Damage, Louis Malle, 1992). El padre de una familia aristócrata y ministro en la Unión Europea (Jeremy Irons) sucumbe ante la misteriosa y etérea Juliette Binoche, novia de su hijo. La madre de ésta lo había advertido “…aléjese, ella solo atrae la tragedia”. Tras apasionados encuentros clandestinos de suegro y nuera, el hijo los descubre haciendo el amor en el departamento de tercer piso, en remodelación, que ambos jóvenes pronto compartirían… Atónito, el joven camina hacia atrás sin que el endeble barandal pueda impedir su caída y muerte inmediata. Ante la tragedia, el ministro abandona todo su mundo y se auto-exilia en un pueblo portugués donde años después, sentado ante la foto ampliada en la que aparecen él, su hijo muerto y la mujer compartida, recuerda:  “…muchos años después la vi de nuevo, en un aeropuerto, casualmente... Acompañada de quien debía ser su esposo y un niño. Cruzamos miradas … No era diferente a las demás”.

Aún en los casos donde pareciera que el seductor lleva el control, es la naturaleza y la pasión del seducido lo que hace posible el juego. Creamos nuestro propio paraíso e infierno a partir del deseo, del caos y desconcierto de nuestra insatisfacción perpetua.

Porque los seducidos jugamos a sucumbir…

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Ricardo Benet

Estudió Arquitectura  (U.N.A.M.), posgrado en Historia del Arte (Florencia) y la carrera de Cinematografía  (CCC / Mèxico)

Ha dirigido 5 cortos de ficción, 2 documentales y 2 largometrajes: “Noticias Lejanas”, seleccionada en más de 60 festivales con 17 premios y “Nómadas” (protagonizada por Lucy Liu) estrenada en 2013

Como cine-fotógrafo ha realizado más de 20 cortometrajes y 4 largometrajes

Ponente en Portland University, Universidad de Buenos Aires y en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona. Ha sido jurado en los festivales de Puerto Vallarta, Montreal, Puebla, La Habana, Biarritz, Gibara Cuba, Barcelona y Mar del Plata.

Ha obtenido los premios “Ariel” de la Academia Mexicana de Artes Cinematográficas, el “Astor de oro a Mejor Película” en el Festival de Mar del Plata 2006, y “Mejor Director” en los festivales de Guadalajara y Vancouver, así como Mejor Director Iberoamericano en Málaga, España.

Está al frente del Departamento de Cinematografía de la UV y desde el 2007 coordina también los Talleres Audiovisuales del Centro de Artes Indígenas en Parque Tajín. Actualmente prepara su tercer largometraje.