¿Perdón?

  • Silvia Susana Jácome G.

La historia se parece a la de doña Hortensia, mi vecina. Ella lleva muchos años viviendo con un hombre que la maltrata, un día sí y el otro también. El otro día llegó feliz y me enseñó las flores que le regaló su marido. –Mire –me dijo muy contenta- mi marido me pidió perdón y me regaló estas flores, ¿No están lindas?

Hace apenas dos días la volví a ver; tenía un golpe cerca del ojo izquierdo. -¿Qué le pasó –le pregunté? –Este… –titubeó- me pegué con la alacena. –Dígame la verdad, vecina –insistí. –Tiene razón –me dijo- mi marido me volvió a pegar.

Esta historia se parece a lo que está pasando con la iglesia católica y la población LGBTTTI (lésbico-gay-bisexual-travesti-transgénero-transexual e intersexual)

Desde hace siglos, la iglesia ha despotricado en contra de gays y lesbianas, principalmente, y  a últimas fechas también en contra de las personas trans. Sin embargo, desde la llegada del papa Francisco ha habido guiños que parecieran apuntar a un tratado de paz. En el avión que lo llevaba de regreso a Roma luego de participar en un evento en Río de Janeiro dijo “¿quién soy yo para juzgar a los gays?”. Y hace unos días, también en el avión que lo llevaría a Roma fue más enfático y declaró que los cristianos y la Iglesia católica deberían buscar el perdón de los gays por el modo en que los han tratado.

Hubo gays, lesbianas y trans que se alegraron y creyeron, de buena fe, que la iglesia había cambiado y que cesarían los ataques. Pero, como mi vecina, se equivocaron. No pasó ni una semana cuando, en Mexico, y luego de la aprobación de los matrimonios entre personas del mismo sexo en el estado de Morelos, el obispo de Cuernavaca organizó una marcha para oponerse a semejante medida y reprochó a los legisladores que la aprobaron al decirles que “vendieron sus conciencias”. Y aclaró que “la paz se forma en la familia, los nuevos modelos nos parecen raquíticos; la iglesia no es homofóbica, sólo nos desconciertan las decisiones desde el gobierno federal”.

En el mismo sentido, el cardenal Norberto Rivera declaró que nadie está excluido de la Iglesia Católica, “pero, cualquier otra unión que no sea la de un hombre y una mujer no tiene similitud, ni remotamente, con el matrimonio”. Es como cuando el marido de mi vecina e dice, “yo no soy machista, pero no puedes salir sin mi permiso”.

En el estado de Veracruz las declaraciones también han estado a la orden del día, sobre todo a raíz de la iniciativa del presidente Peña Nieto de que los matrimonios entre personas del mismo sexo sean una realidad en todo el país. Información proporcionada por la agencia Quadratín menciona que el obispo de la diócesis de Veracruz, Luis Felipe Gallardo Martín del Campo, atribuyó la derrota del PRI –en la que perdió siete gubernaturas- a la iniciativa presidencial. Explicó que “los mexicanos normales, que son el 99 por ciento, no aceptan el matrimonio entre personas del mismo sexo”, e insistió que los homosexuales no son personas normales, se hacen por la educación que les dan sus padres.

En Xalapa, durante la homilía dominical el arzobispo Hipólito Reyes Larios arremetió nuevamente contra las personas no heterosexuales y señaló que “esas ideologías van contra la naturaleza del ser humano y pretenden alterar las normas naturales y las leyes de Dios que, por ejemplo, estipulan que el matrimonio solo es entre hombres y mujeres”.

¿Así quiere la iglesia que las y los gays los perdonen? ¿O cómo entender el discurso del papa en aparente sintonía con los nuevos tiempos y los derechos humanos, mientras que los pastores de la iglesia parecen lobos aullando en contra de quienes no sienten atracción por personas del otro sexo?

Es sabido que a lo largo de su historia la iglesia católica ha precisado de enemigos para fortalecerse. En su momento fueron los judíos –acusados de matar a Jesús (a pesar de ser, él mismo, judío)- también los islámicos, los negros, los comunistas, los protestantes y, de un buen tiempo a esta parte, las y los gays. Ya ningún católico se sentiría obligado a odiar a una persona por el hecho de ser judío, islámico, negro o comunista. Con los protestantes parece haber una reconciliación gracias al enemigo común que significa la diversidad sexual, pero el odio y los ataques hacia la población LGBTTTI no cesan, pese a las declaraciones del máximo jerarca romano.

Una mirada simplista diría que el Vaticano se mueve bajo la filosofía de la Chimoltrufia –“así como digo una cosa, digo otra”- pero, por supuesto, hay más de fondo. Parecería que el papa quiere dar la cara buena, el rostro moderno ante la comunidad internacional mientras sus obispos se encargan del trabajo sucio. Tal y como lo narra Mario Vargas Llosa en su novela “La fiesta del Chivo” y en donde retrata de cuerpo entero al dictador Trujillo. El entonces presidente de República Dominicana era “un pan de Dios” pero tenía a sus secuaces que se encargaban de matar y desaparecer a los enemigos del régimen.

La otra posibilidad es que Francisco actúe de buena fe y quiera generar cambios en la iglesia católica, pero cuenta con tan poco autoridad que nadie le hace caso. O quizá Francisco no es más que una figura decorativa, en tanto que las decisiones importantes se toman en los rincones más oscuros del Vaticano.

Como sea, la población LGBTTTI hará bien en no aceptar las flores que buscan un perdón que nadie les cree. Así como el marido de mi vecina nunca va a cambiar, la iglesia católica difícilmente lo hará. En todo caso, y cuando mucho, se buscará otros enemigos. Hoy no necesita despotricar en contra de los comunistas o de los negros porque están los gays, y con eso es suficiente. Y quizá podemos creer en la buena voluntad de Francisco, pero creer que la iglesia de Roma está preocupada por difundir el mensaje amoroso de Jesús, eso sí no lo creemos. Y no es porque seamos desconfiadas, es que el mismo hombre de Nazareth lo dijo: “por su frutos los conocéreis”. (silviasusanajacome@outlook.com)