La simulación opositora

  • Roberto Rock
Lo que PAN y PRD han hecho en ese proceso electoral es lo suficientemente desalentador...

“Hoy no se fía, mañana sí”, se leía en las viejas tiendas de barrio, en cuadros hechos de todo tipo de materiales; ora con fina tipografía, ora con garabatos apresurados. El propósito era el mismo: hacer un juego de palabras para subrayar la nula voluntad de ceder en algo que no conviniera a los intereses del encargado del changarro.

Eso fue lo que hicieron el sábado pasado los dirigentes nacionales del PRD, Alejandra Barrales, y del PAN, Ricardo Anaya: “Hoy no nos aliamos, mañana sí”.  La única novedad es que el “encargado del despacho”, el verdadero patrón cuyos intereses son defendidos en esta historia, no son ni perredistas ni panistas, sino su presunto adversario, el PRI.

Anaya y Barrales buscaron colocar mediante su anuncio a la prensa, el último clavo en el féretro de una eventual declinación de facto en el estado de México, a favor de uno de los candidatos opositores al PRI, lo que habría ofrecido la garantía de echar al oficialismo de una entidad que no ha conocido alternancia en el gobierno por casi 90 años.

Lo que PAN y PRD han hecho en ese proceso electoral es lo suficientemente desalentador como para no tomar en serio ninguna idea que puedan alegar hacia el 2018, pues costará trabajo no imaginarlos nuevamente en el papel de comparsas del PRI.

En sus declaraciones, Barrales y Anaya aseguraron que sus respectivos candidatos en aquella entidad, el perredista Juan Zepeda y Josefina Vázquez Mota, tienen la capacidad de ganar individualmente. Todas las encuestas apuntan que ninguno de los dos llegará siquiera al segundo lugar, pues las primeras posiciones, en orden aún indefinido, serán ocupadas por el priísta Alfredo del Mazo Maza y la morenista Delfina Gómez, la verdadera revelación de la contienda.

La posibilidad de una alianza opositora en el solar mexiquense murió en germen, pues la facción dominante del PRD en ese estado, ADN, que encabeza Héctor Bautista, había exhibido activismo abierto en otras latitudes para dinamitar este tipo de acuerdos.  Debe asumirse que esta postura de ADN la ha resultado más rentable que intentar vencer en las urnas.  Y si ello fue su constante en Puebla, Tlaxcala, Oaxaca y Veracruz –donde no pudo evitar la alianza PAN-PRD-, era imposible imaginar que en su asiento político clave se alejaran del pesebre en donde se han nutrido con tan buenos resultados.

El único enigma que en las últimas horas se sigue preservando no es la decisión de Barrales–con un peso marginal en este ámbito- y ni siquiera del citado Bautista, sino de Juan Zepeda, cuya candidatura lo ha dado proyección personal, pero sin poder salirse de un tercer lugar, que hasta ahora lo tiene al parecer cómodo. En lenguaje mercenario, ¿qué le genera a Zepeda más réditos, su pacto con el oficialismo priísta o lo que pudiera arrancar en una negociación con Morena? Hasta donde se sabe, la respuesta apunta hacia sostener su mansedumbre hacia el PRI, que habría pagado su millar de anuncios espectaculares en todo el estado, sus mítines, sus anuncios en medios…

Ricardo Anaya tampoco representa peso alguno en esta dinámica. Su tarea lo ha colocado como un instrumento del PRI para convencer a Josefina Vázquez Mota de lanzarse a una candidatura con el ánimo de ser la número dos que levantara el brazo a Alfredo del Mazo y validar con ello su triunfo.  Ahora a nadie le importa qué hará la señora Vázquez Mota desde su cuarto sitio. Dos derrotas históricas en cinco años hacen recomendable que se aleje para siempre de las urnas. Lo suyo son las postulaciones bajo el sistema plurinominal, las sonrisas afectadas y los discursos de autoayuda.

Las abrumadoras evidencias de entreguismo de Barrales y Anaya han obligado en las últimas horas a perredistas y panistas a tomar distancia de lo anunciado por sus dirigentes formales. Todos bajo la simulación de que el tema es lo que ocurrirá o no en el 2018, y no el fracaso de una alianza en este 2017 en la contienda clave, la mexiquense.

También hubo reacciones de Andrés Manuel López Obrador, dirigente de Morena, que elevó el alegato de que PAN y PRD se habían aliado sí, pero con la “mafia del poder”.

Si Delfina Gómez gana la elección del próximo 4 de junio no hay duda da que se tratará de una proeza doble, la de ella y la de AMLO, que colocaría a éste con una ventaja clara hacia la próxima sucesión presidencial.

Pero si la maestra Gómez es derrotada, López Obrador cargará con la responsabilidad de explicar –si desea ser confiable para sus seguidores- por qué escogió a un personaje meritorio pero virtualmente desconocido. Por qué ha decidido encumbrar en todo el país a nuevos rostros en lugar de abrir espacio a figuras con peso propia, como pudo haber sido en el estado de México Alejandro Encinas, entre otros.

Si al final del día y más allá de los tribunales, Delfina Gómez y López Obrador son dejados en la vera, sin duda Morena deberá cargar el costo de haber apostado su presente y su futuro a una fórmula no propia de una fuerza opositora emergente, sino de un cacicazgo que no convoca, sino que subordina.

robertorock@hotmail.com